POPAYÁN: CONFIGURACIÓN DE CIUDAD, NARRATIVA E IMAGINARIOS LITERARIOS EN EL SIGLO XX
Por: Óscar Hernán Saavedra Cruz
Licenciado en Literatura de la Universidad del Valle/ Magíster en Estudios de Cultura Contemporánea de la Fundacao Universidade Federal Contemporanea (Brasil)/Magíster en Literatura de La Universidad del Valle.
A lo largo del siglo XX hemos visto reconfigurarse la ciudad colombiana, esto debido por una parte a los vínculos que el país iba creando con el comercio internacional, en ocasiones por los procesos de industrialización que si bien incipientes permitieron la conformación de una grupo empresarial y no menos importante en esta reconfiguración el fenómeno de la migración rural, población que, ya fuese por desplazamiento o seducida por la urbe, comenzó a habitar la ciudad en condiciones muchas veces de miseria, con solo una parte de ella consolidándose como fuerza de trabajo en las fábricas 1.
La conformación de sindicatos para la defensa de los derechos laborales y las condiciones de vida dignas se materializaron en la construcción de los llamados barrios obreros. Igualmente, los cambios en las dinámicas universitarias inspirados en las reformas de Córdoba que ganaron el derecho a la participación de la comunidad universitaria en el gobierno del alma máter, el destacado papel que jugaron los diarios en el proyecto de insertar a las recién nacidas masas en la construcción del proyecto nacional y los derechos políticos que finalmente le fueron otorgados a la mujer en Colombia durante el gobierno de Rojas Pinilla fueron acontecimientos importantes que marcaron el devenir de las ciudades colombianas en el siglo XX.
De alguna manera la llamada novela de ciudad, cuyos inicios en Colombia se encuentra en la novelística de J. A. Osorio Lizarazo y de José Félix Fuenmayor; nos da cuenta, ya con la narrativa de Fanny Buitrago, de Manuel Zapata Olivella o de Manuel Mejía Vallejo, de las “cartografías” literarias de ciudades como Bogotá, Barranquilla, Cali o Medellín, las cuales progresivamente fueron predominando en el imaginario social como los referentes de ciudad en la Colombia de la primera mitad del siglo XX.
Las ciudades colombianas se reconfigurarán nuevamente en la década del 70 de ese mismo siglo, luego del mayo del 68 francés y de la herida causada al sueño americano tras la cruenta guerra de Vietnam. Aparecen las movidas contraculturales como el hipismo que cuestiona los modelos de vida tradicionales y las luchas estudiantiles que ponen en jaque el establecimiento político, también las discursividades feministas que reivindican para la mujer ya no sólo los derechos civiles sino también el derecho a decidir tanto por su cuerpo como por su sexualidad y el naciente movimiento LGTB que se abre paso en el espacio público para exigir derechos civiles.
1 Al respecto véase a Lina María Sánchez Steiner que en su tesis doctoral Ciudad-refugio (2012) data y demuestra lo que hoy es una verdad a gritos: que la ciudad colombiana es resultado principalmente del destierro agrario violento como constante histórica en la organización socio-territorial del país durante el siglo XX, lo que ha forzado el desplazamiento de gran cantidad de la población rural hacia las zonas urbanas, haciendo de las ciudades colombianas conglomerados amorfos y desintegrados que se expanden de manera caótica y sin ninguna planeación urbanística. No es en su mayoría una población que busca un “mejor” vivir cuando llega a la ciudad, sino una población que sobrevive sin saber adonde ir.
En sus narrativas literarias autores como Andrés Caicedo y Luis Fayad dan cuenta de aquellas reconfiguraciones que experimenta la ciudad colombiana. Caicedo, en el caso de Cali, con su narrativa de jovencitos “bien” que recorren la ciudad sin rumbo aparente, pero que en sus tránsitos ponen siempre en cuestión las fronteras simbólicas que han trazado sus padres como límites imaginarios para los de su clase social. En el caso de Fayad, con Los parientes de Ester, somos testigos del declive que padecen las familias tradicionales bogotanas debido al debilitamiento económico que sufren cuando el país pasa de una economía predominantemente agraria a una incipientemente industrial; somos testigos también de la defensa que con encono estas familias, venidas a menos, hacen de su cultura como manifestación de su valor y distinción social.
Ya en los años 90s del siglo XX, con el fin de la Guerra Fría, el desmonte del llamado Estado de bienestar y la hegemonía mundial de la sociedad de mercado, las ciudades colombianas experimentan una nueva reconfiguración que implica el deterioro del espacio público como lugar de encuentro y participación. Lo suplanta el espacio privado que se presenta como transitable (ejemplo de ello el centro comercial), sin embargo organizado bajo las lógicas de la seguridad y la compra, lo que constituye imaginarios e identidades urbanas mediadas por el estilo personal y el consumo de marcas; luego, las ciudades ya no son ni el espacio de la producción ni tampoco el de la construcción de lo común, sino el territorio de las fragmentaciones, las disputas, las exclusiones, la incertidumbre, pero también el lugar de las reterritorializaciones.
Al mismo tiempo, y en el marco del reconocimiento por parte del estado colombiano de la multiculturalidad que nos conforma, comienzan a ser reconocidos los derechos colectivos de los pueblos ancestrales y raizales, lo que en dinámicas de ciudad se refleja en la visibilización y construcción de procesos comunitarios que impactan las interacciones sociales y el espacio urbano, en contraposición al individualismo, pilar de la organización social en las sociedades modernas.
En ese escenario de mercado y globalización que reconfigura el campo literario, novelas como Angosta de Héctor Abad Faciolince, Leopardo al sol de Laura Restrepo, Satanás de Mario Mendoza, Perder es cuestión de método de Santiago Gamboa, Opio en las Nubes de Chaparro Madiedo, Un beso de Dick de Fernando Molano reflejan las nuevas vivencias de ciudad; desde la exclusión social y el impedimento al libre tránsito que se experimenta en Angosta (lo frío, lo templado y lo caliente), pasando por la reterritorialización de lo urbano causada por la guerra a muerte entre los Barragán y los Monsalve en Leopardo al sol, hasta la itinerancia de personajes solitarios que recorren, vivencian y expresan la ciudad desde sus particulares imaginarios culturales, como en un beso de Dick, personajes que a veces se entrecruzan, pero nunca confluyen como acontece en Opio en la nubes; resultando así una narrativa urbana fragmentada tanto por la ruptura de la dialéctica de la trama que implica el uso de la focalización y la narración múltiple como por el uso de formas literarias popularizadas por el cine y que juegan como horizonte de expectativas en la cultura de masas: Satanás, Perder es cuestión de método. La ciudad desdibuja su centro, se sectoriza, pierde la utopía de identificarse con lo común (público) y de establecer lo cívico en contra posición a lo íntimo (privado).
LA NARRATIVA LITERARIA EN POPAYÁN DURANTE EL SIGLO XX: DEL ENSAYO HISTÓRICO A LA NOVELA URBANA
Según Buendía, en su texto La narrativa urbana de Popayán en la primera mitad del siglo XX. Entre la hidalguía y el patriciado (2016), Popayán como ciudad del siglo XX siguió siendo representada como ciudad del siglo XIX, esto se hizo a través del ensayo histórico, que predominó como publicación en revistas literarias y culturales de la ciudad durante la primera mitad del siglo XX, conservándose en el imaginario social la idea de ciudad blanca, hidalga, organizada espacial y socialmente a partir del centro histórico, sin ser aparentemente afectada por los procesos que influenciaron las dinámicas de ciudad a lo largo y ancho del país durante la primera mitad del siglo XX.
Por otra parte, y ya en los años 90 del mismo siglo, la novelística histórica del escritor payanés Víctor Paz Otero es considerada por Rueda Enciso en su Balance historiográfico de la novela histórica en Colombia (2016) como la más prolífica del género en el país durante esa década, en la que, según Rueda, Paz Otero desmitifica a algunos de los hijos ilustres de Popayán: Caldas, Mosquera, Obando, con todo su abolengo y tradición, mostrándolos como seres ilustres, pero también mezquinos y hasta cobardes. Sin embargo, con la novelística histórica de Paz Otero, si bien se mina el imaginario de la ciudad hidalga y letrada, evidenciando los silencios en el discurso histórico tradicional para mantener el glorioso pasado como imaginario presente, no hay en su narrativa otras miradas sobre la ciudad distintas a las ya culturalmente institucionalizadas y que dejen vislumbrar otros lenguajes, otras subjetividades que la perciben, la viven, la sufren y la contestan de otras maneras.
Estudios académicos (Buendía, 2017; Díaz, 2016; García, 2017) han reconocido la importancia que tuvo el terremoto de 1983 en la reconfiguración urbana de Popayán, pues la ciudad se amplió más allá de los linderos del centro histórico con la creación de nuevos barrios, legales e ilegales, que fueron asentamiento de población migrante, atraída a la ciudad por los recursos gubernamentales comprometidos en su reconstrucción. Nuevas prácticas sociales y culturales que no pasaban necesariamente por la cuadratura trazada por la ciudad histórica dieron para el surgimiento a comienzos del siglo XXI de algunas novelas, cuentos, poemas y filmes (García, 2011) que consiguen dar cuenta de los lenguajes, los modos de vida, pero también de los sentires, los sueños y las privaciones que hacen la vida en los nacientes barrios periféricos de Popayán.
Oscuro por Claritas, (2002, Ed. Trueque)
La novela del escritor payanés Marco Antonio Valencia nos cuenta acerca del MLP (Movimiento por la Liberación de Popayán), un movimiento del que hacen parte jóvenes universitarios organizados como una célula urbana que “en el año noventa y dos” habitan la nueva y marginal Popayán, soñando con algún día arrebatarles el poder de la ciudad a los “hidalgos”, por medio de una revolución en la que no se descarta el uso de las armas en la procura por acabar con la exclusión de la que se sienten objeto. Discuten clandestinamente acerca de sus acciones, casi siempre las noches de los viernes, en los distintos bares del centro de la ciudad (El Muro, El Pez que fuma, el bar del hotel Los Balcones), pero estas reuniones no llegan a transformarse más que en grandes bacanales que entre sexo, drogas y alcohol terminan casi siempre al amanecer en el Parque Caldas.
El único del MLP que lleva a cabo una acción real es el Periodista, Alberto Santamaría, quien tiene hace varios años un programa radial, La caja de Pandora, y hace poco ha conseguido que le publiquen una crónica permanente en el periódico “La Bagatela”, la prensa de los “hidalgos” (lo que Santamaría reconoce como un triunfo), desde donde logra darle voz, por medio del testimonio, a los jóvenes de los barrios marginados del sur-occidente de Popayán, allá…
“… donde muere el sol. un sol que cada verano realiza la hazaña de reproducir los atardeceres más espectaculares del mundo para deleite de propios y extraños. y por dedicarnos a mirar las pinceladas de color manchando el horizonte, olvidamos los dramas que hay en las casas y casuchas donde habitan los ángeles … (pág. 14)
Aunque sabemos que responden a un comando central, a los de célula urbana del MLP se les considera, a excepción del Periodista, como inútiles, “mirando los toros desde la barrera (pág.112) y por otros grupos subversivos como “milicianos de juguete, organizando revolucioncitas de mentiritas para justificar la vagancia en la universidad” (pág. 35).
Por otro lado, se encuentra el “doctor Tapia”, profesor de la U., un hidalgo que sabe mucho de la historia tradicional de Popayán, “de los pergaminos; porque de la historia reciente no se ha dicho nada, ni el mismo Tapia que se la da de sabelotodo” (pág. 29). Tapia, que se ha ganado algún aprecio por parte de sus estudiantes, les ha puesto de tarea la escritura de un texto en el que deben hacer una descripción sobre Popayán, “nada de copiar de los libros, revistas o periódicos” (pág. 30), sino desde la vivencia personal, con un lenguaje propio, porque “el profe quiere conocer la ciudad que habitamos nosotros” (pág. 30).
A excepción de Cristine hija de “hidalgos” y el Periodista, que por ser el único al que se le conoce trabajo estable puede pagarse un apartaestudio en el barrio La Pamba, “oficina general del MLP”, los demás integrantes del MLP tienen su residencia fuera del Centro Histórico. Nos dice Clarisol que:
“Mauricio, el Pelícano, Popeye, López y yo, crecimos juntos, éramos como hermanos, sí, allí, en La Esmeralda, como tres cuadras más arriba del barrio Chino. los del barrio Chino eran nuestros enemigos, a cada rato nos toca encendernos a piedra con esos muchachos … hubo una época en que La Esmeralda era el vividero más sabroso y el barrio más bacán de toda Popayán” (pág. 46).
Sabemos sobre el mundo de los “hidalgos” de manera indirecta, vaga, ya sea por la censura que ejercen sobre el Periodista cuando por presión a La Bagatela su columna es cancelada, o cuando el profesor Tapia devela a sus alumnos en clase las historias truculentas que suceden puertas adentro en los grandes caserones del Centro histórico, o por las actitudes de los padres de Cristine, de las que sabemos por boca de su hija:
… Y un secreto - dijo Cristine-, pero, eso sí, ojo, pues es un secreto: mi mamá tiene mozo. es un pelado que estudia medicina y pertenece a un grupo que se hace llamar Los Gigolós del Norte. un caguetas que se la tiene al rojo: le cobra cada beso apasionado a precio de oro. (pág. 55).
Y también en otra ocasión, cuando el padre lleva a su hija a la casa de Clarisol, que vive en el barrio José Hilario López,
… cuando le dije a mi papi – nos hizo reír Cristine – que me trajera por acá, casi le da un patatús, de esos bien graves. ¿no has visto que es todo refinado? Según él por acá vive la prole bastarda, la plebe sin padres, el vulgo sin apellidos, los obreros sin nombre … (pág. 115)
Entre las narraciones del Pelícano, las crónicas de Santamaría para La Bagatela, los programas de radio para La Caja de Pandora, las tareas para el profesor Tapia, las cartas que se pasan en el salón de clase Cristine y Clarisol, una mixtura textual, sin continuidad temporal, se nos va contando la vida orgánica del MLP, desde su nacimiento en los amaneceres del Parque Caldas, pasando por la “infiltración” de Santamaría en La Bagatela, la misteriosa muerte de Mauricio (muerto a balazos cerca a la Plaza de Toros), las farras en los bares, pero también en los alrededores de La Esmeralda, las incursiones de Santamaría en los barrios periféricos para lograr las historias de los marginados, los secretos a voces de los hidalgos, luego la cancelación de las crónicas en La Bagatela de Santamaría y su posterior postración en una cama debido a lo que parece fue un envenenamiento con escopolamina, “como un zombi, sin voluntad, sin vida, es como si estuviera en coma” (pág. 171) lo que poco a poco hace que el MLP se vaya diluyendo hasta no ser más que un bonito recuerdo en los sobrevivientes.
Al igual que otras novelas urbanas en Colombia publicadas en la década de los 90 o a comienzos del siglo XXI, la mixtura de géneros literarios, la disolución de fronteras entre el registro periodístico y el literario, la fragmentación del relato, el lenguaje coloquial y la polifonía se vuelven recursos narrativos para dar cuenta de la experiencia subjetiva de ciudad; también, como novela urbana, las voces y los recorridos de los jóvenes universitarios que van desde los barrios de las periferias al Centro histórico de Popayán, amplian los imaginarios de la ciudad más allá de los trazados por los “hidalgos”:
A la galería de La Esmeralda puede llegar uno a cualquier hora de la noche y siempre habrá gente circulando. Miserables que piden para un tinto, serenateros perdidos de su destino, policías enamorados de las vende-tinto … de tres a cinco de la mañana uno ve llegar en chivas, jeeps o viejos camioncitos, a campesinos con sus yucas, plátanos y frutas … con los primeros rayos del sol, se va uno encontrando con los niños del bóxer, aspirando su desayuno en los corredores de las casetas … en cuestión de segundos la galería se convierte en un hormiguero de gente comprando, vendiendo, revendiendo, deambulando, rebuscando, gritando, robando, vigilando, pronosticando, insultando …” (pág 71-72).
Sin embargo, el Centro histórico sigue siendo el referente, el lugar a serle disputado a los hidalgos, y si bien los miembros del MLP denuncian la opresión y la injusticia que sufren los marginados de los barrios periféricos, lo que a ellos más les mortifica como jóvenes universitarios es la exclusión cultural y política a la que son sometidos por el poder tradicional. Siendo así, la multiplicidad de la experiencia en la ciudad sectorizada y descentrada de la postmodernidad no se experimenta. La muerte en vida de Santamaría y con ello la perdida de los objetivos del MLP, hacen que la ciudad de los sobrevivientes se disuelva apenas en recuerdos sin que se les logre avizorar un presente con sentido.
Por último, cabe anotar que en Oscuro por claritas los personajes femeninos no alcanzan el status de escritoras (como el Periodista) o candidato a serlo (como El Pelícano), a lo sumo sus escrituras llegan a ser “cartas” como las que Cristine y Clarisol se escriben para contarse los chismes del fin de semana.
Ciudad de niebla (Ed, 2006)
La novela del escritor payanés Johann Rodríguez Bravo es una novela urbana que intenta contestarle a las que de su género se hicieron en la segunda mitad del siglo XX.
He leído varios libros sobre ciudades y ninguno me ha convencido a lo más como para que no intente narrar estas ficciones de otra forma. Paul Auster, por ejemplo, echa a andar a sus personajes por una Nueva York que hoy es un ente imaginario universal. Eso no tiene sentido, no hay chiste (pág. 158).
Ni la sórdida e inhumana Río de Janeiro de Rubem Fonseca, ni la Bogotá con mar de Chaparro Madiedo, ni la Cali de Caicedo, ni la Ciudad Inmóvil de Efraím Medina Reyes, tampoco la Ciudad de México de Fadanelli, ni la Santiago de Chile de Lemebel logran satisfacerle. “La literatura cada vez me convence de la imposibilidad de llegar a un acuerdo, por tal razón, y lo digo sin pena, Ciudad de Niebla está en la misma dimensión en la que están las ciudades invisibles, inacabadas” (pág. 159). Esto nos lo dice el autor en la segunda parte de la novela, en una especie de metarrelato inserto en el texto, en el que nos habla de las historias que creó,
… son hijas mías. Las parí sin dolor porque lo que no importa no duele. A mí, ellas, como productos de ficción, como restos de una Historia Verdadera que sólo se conoció una vez y ya, no me interesa en lo más mínimo. Son anécdotas sólo eso, que van dirigidas “a quien no pueda interesar” (pág. 157).
También nos habla de la manera en que se dio existencia a Ciudad de Niebla:
… tiene un mapa y un trazado de calles que yo diseñé con la ayuda de mis horas libres. Y yo mismo me pierdo… no sé que arranque me llevó a forrar la maqueta con un plástico borroso que conseguí en el cuarto de San Alejo que mamá construyó para guardar los chécheres de navidad (pág. 168).
Y a sus personajes:
… se construyeron como meras proyecciones de arquetipos que todos los neblinos teníamos como verdaderos. No hay nada que falsee la historia y la sociedad (pág. 160).
Las historias en Ciudad de Niebla lo componen 6 relatos en los que desde distintas miradas y otras cuantas voces se narra la ciudad, se entrecruzan personajes en las fábulas, se conectan las historias a partir de objetos que les son comunes. En Ciudad de Niebla habita Johann quien se enamoró de Claudia de quien se dice que, con dos vueltas en moto se despedía de pico en la boca (…) que había que gastarle aguardiente, y eso sí, tres bombones de cereza y un chicle superácido de los americanos para estar en su lista de teléfonos. También le contaron que se acostaba con el papá de una amiga y que le sacaba toda la plata del mundo (pág. 27).
Solo una vez estuvo con ella, “Me llamas, Claudia seguía desnuda y con la sábana se cubría los senos. Te lo juro, Johann la miró sin saber que sería la última vez; luego se marchó” (pág. 42). Una semana después encontrarían a Claudia muerta en un motel, con el papá de Carolina y Paola, una de sus amigas. El lunes en el Colegio del Norte, no se hacia más que hablar del asunto. En esta ciudad la muerte de uno sólo es un duelo común, la de muchos una tragedia colectiva, escribía Saúl en su cuaderno de notas” (pág. 45).
Saúl, un joven que ya ha terminado el bachillerato, pero ha alargado sus vacaciones más de lo debido, “con una mamá menopáusica y un papá desempleado” (pág. 49), después de escribir desde las nueve de la mañana, horas que se levanta y para evitar que su mamá le grité “vago, bueno-para-nada, que-no-ayuda-a-su-papá”(pág. 48) se va las tardes al parque universitario de Tulcán en busca de un lugar donde pueda leer. Una de esas tardes ve a Boris, un niño que atrae su atención. Varias veces habla con él. Un día decide seguirlo,
El niño y la anciana con la que siempre salía de la mano tomaron el camino que lleva a la plaza de mercado del barrio Bolívar, luego atravesaron un parque, después subieron por el Puente del Humilladero y por último llegaron al Centro en donde eligieron una de las calles para, entonces, encontrar una casa (pág. 52).
En otro momento Saúl conoce en el bar Popbar al señor del paraguas, un hombre que viene de lejos y está en Ciudad de Niebla para vender la casa de sus abuelos, la que le corresponde como herencia, justamente la casa en la que entró Boris con la anciana. Saúl escribe en su cuaderno:
El detective ha regresado a esta ciudad después de muchos años de vagar por el mundo de las grandes metrópolis, en las ciudades en que los restaurantes chinos son atendidos y administrados por chinos de verdad, en las que tienen deportistas famosos que triunfan en las canchas y en el cine … … El detective llega a la ciudad una noche en la que no hay luz y las tinieblas parecen propicias para que sus ancestros y los míos y los de todos se despabilen y se echen a volar por sobre los tejados (pág. 63).
El Popbar, la taberna de Ramón, es el lugar donde todos los días Saúl y sus amigos poetas se reúnen. Hablan de la novela policíaca que se debe escribir en Ciudad de Niebla: “la historia policíaca que aquí se escriba tiene el deber de involucrar la ciudad como ciudad fantasmal”, “La ciudad, incluso, puede ser un telón de fondo”, “lo que hay que hacer es darle una salida fantástica al asunto”, “No sé hasta que punto sea mejor utilizar un detective o un personaje común y corriente para que resuelva un caso. Yo creo que Sherlock Holmes no cabe no en esta época ni en esta ciudad” (pág. 55-56).
El Van Damme neblino (del que nunca sabemos su nombre), Valdivieso y William se dirigen a El Desierto, “se llamaba así por ser un lugar despejado, arenoso, sin un solo matorral, sin una sola casa” (pág. 92). Valdivieso se ha dado a cuenta que “los manes del Valencia están subiendo. Vienen por Luís” (pág. 75). Se les une William quien vive con su mujer en un cuarto que le alquilan en la casa de Van Damme. En el camino se van juntando más pandilleros. Ya estando en El Desierto y antes de entrar en la polvareda,
Todos sacaron cuchillos, palos, correas con hebillas de metal, manoplas, chacos y puñales y caminaron en un silencio al que de pronto solo se les escapaba un “de una con estos hijueputas” … Se trataba de pelear, pelear porque sí, pelear porque es la única ley de la naturaleza, la única forma de poder gritar con el cuerpo y reventarse, pelear porque esta ciudad, en ese momento, tenía atractivos que conquistar con los puños … Luis era un pretexto para poner en práctica la rabia general que tenían regurgitando desde el estómago …” (pág. 92).
Tenemos otras narraciones, la de la puta (de quien tampoco nunca sabemos su nombre. Ella es, de los narradores de la novela, la única mujer), ella, que siempre carga una navaja, “la encontré en esa planada que llaman Desierto” (pág. 103), le cuenta a un estudiante universitario que ha venido a buscarla por una tarea, las historias de alcoba con sus clientes de Ciudad de Niebla:
Mire, yo tengo cuarenta años, estoy un poquito veterana en esto y me la sé todas … por eso lo mandaron donde mí cuando vino a preguntar. ¿Usted cómo dijo, que necesitaba entrevistar a alguien y ya? Pues dio con la que era mijo, pues si usted quiere saber cómo es este oficio, pues pregunte nomás que yo le respondo. (pág. 105)
Hacen parte de su clientela, desde estudiantes que ahorran la plata de su recreo hasta padres que llevan a sus hijos para que se hagan “hombres”. “Aquí también vienen mujeres, no crea. A mi edad me buscan más ellas que los hombres” (pág. 108). La mujer está cansada de sus relaciones veloces,
A veces quisiera empacar mis cositas y largarme lo más lejos que pueda … hasta el mar. Me han dicho que es muy bonito, yo ni siquiera lo conozco … De todas maneras, me gusta donde vivo, con sus problemas y su miseria yo vivo contenta, sino ¿cómo puede usted creer que he soportado tantos años parada en esta misma puerta mostrando las piernas sin aburrirme? (pág. 109-110).
También sabemos de Jorge y de Marcel, quienes se encuentran para competir en los videojuegos. Jessica que sale por las tardes a tomar fotografías por la ciudad,
No le gusta subir al Morro porque dice que desde ahí se ve un panorama muy trillado. Le gusta más que capturar la imagen de las nubes rojizas y el horizonte de todos los colores, fotografiar la naturaleza de las cosas a la hora en que las garzas emprenden vuelo para ir a dormir en los árboles que adornan el sur de Ciudad de Niebla (pág. 129).
Y por último sabemos de Joaquín, amigo de infancia de X, y a quien lo mataron en un robo que con otros compinches intentaron hacerle a un carro cerca de Timbío,
Alguien sacó la mano por la ventanilla del carro y la bala salió cortando el aire, sacando chispas al viento, acercándose más y más a un puntito verde que se veía al final de la carretera. Por fin lo alcanzó. Se incrustó en la espalda. Joaquín tuvo que haber sentido que le quemaban con algo caliente (…) (pág. 154).
Ciudad de Niebla, una ciudad creada por su autor, seis relatos que cuentan tránsitos de ciudad desde adentro y desde afuera del mundo de ficción, recorridos que se comunican porque se entrecruzan o acogen elementos en común, que se despliegan en varios niveles del relato (la historia de Boris y el detective es invención escritural de Saúl, a su vez Saúl es creación escritural del autor-narrador de Ciudad de Niebla), historias de muchachitos que habitan Ciudad de Niebla y se conocen, sin que a veces se interesen (antes de que Johann se enamorase de Claudia ya se la habían presentado inúmeras veces), y que sin embargo tienen que ver, porque “todo lo que hay en Ciudad de Niebla tiene que ver con lo demás. El efecto mariposa: un aleteo de zancudo en una esquina del barrio Caldas produce una granizada en ciudad Jardín” (pág. 178).
Las referencias al cine de Van Damme como inspirador de uno de sus peleadores callejeros, o al rock de Guns and Roses como fuente de inspiración para alumbrar a Claudia, también las continuas referencias a los géneros masivos, como lo policíaco y el thriller, aleja la novela de Rodríguez Bravo del lenguaje “culto” para acercarlo a la cultura de masas, a la mixtura de lenguajes, géneros y perspectivas narrativas en la procura por dar cuenta de la experiencia abigarrada y fragmentada del sujeto en la postmodernidad.
Nunca será fácil narrar la historia de una generación, y menos, de una como la mía. Ya otros lo han intentado y basta con decir que sólo llegaron a cifrar algunos fragmentos de ese intrincado laberinto del pasado … Y vaya uno a saber si existe algún final, puede que no, quién sabe: las historias toman tantos rumbos, algunos tan subrepticios, tan escondidos, que el punto de cierre puede ser apenas una puerta ajustada (pág. 20).
En los últimos años, algunas prácticas de escritura juveniles como el grafiti o el esténcil (García, 2017) buscan cuestionar las texturas de la “ciudad blanca” que, sin embargo, siendo estas escrituras anónimas y efímeras dejan apenas una impresión antes de ser borradas cada año con la llegada de la Semana Mayor, momento en que la ciudad se engalana para la llegada de propios y extraños.
Es de destacar el trabajo de Yinna Ortiz, Devenir Trans (2019), que consigue construir relatos de vida a partir de las subjetividades de personas trans en Popayán, de manera que la autora nos hace partícipes a través de su escritura de la vivencia que personas con esta condición de género tienen de la ciudad. Es de resaltar que sus personajes habitan y transitan Popayán sin tener como referente el Centro histórico.
Después del recorrido realizado por la narrativa de Popayán en el siglo XX, consideramos que los relatos urbanos que presentamos a continuación, construidos desde distintas perspectivas y vivencias de ciudad, partiendo de la investigación etnográfica y el conocimiento de los recursos literarios como sustrato para la creación, se hacen pertinente en aras de ampliar y diversificar los imaginarios de ciudad en torno a Popayán, así como las formas escriturales con las que se aborda su registro. En ese sentido, coadyuvan a la ampliación no sólo de las escrituras que narran la ciudad, sino además de las vivencias, de los imaginarios y los significados que la constituyen desde su presente.
BIBLIOGRAFIA
Buendía, Alexander (2016) La narrativa urbana de Popayán en la primera mitad del siglo XX. Entre la hidalguía y el patriciado. En: Chasqui. Revista Latinoamericana de Comunicación. # 132.
________________ (2017) Narrativas urbanas y jóvenes escolarizados en Popayán. Universidad de Cauca. Popayán.
García, Felipe (2017) La ciudad colonial y sus textualidades contemporáneas. Ed. Universidad del Cauca. Popayán.
Ortiz, Yinna (2019) Devenir Trans. Relatos biográficos del tercer sexo en Popayán. Ed. Universidad del Cauca. Popayán.
Rodríguez, Johann (2006) Ciudad de Niebla. Ed. Instituto Cultural Iberoamericano. Lima.
Valencia, Marco Antonio (2002). Oscuro por claritas. Ed. Trueque.

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