LA SEÑORA DE LOS DULCES

Por: Yuli Díaz 




Licenciada en Literatura y Lengua Castellana de la Universidad del Cauca/Escritora de Crónicas/Amante del drag.



De todos los vendedores ambulantes a doña Sonia la distingo mucho por ser la única mujer que se ve por las calles del barrio La Paz, aunque la recuerdo más en una pelea que tuvo con una cajera.

- Sí me acuerdo y me da una rabia, vieja boba.

- ¿Y por qué fue? Yo recuerdo que la vi bañada en sangre.

- Sí, fue por no prestarnos el baño…

Sentadas en un andén de tierra frente al SENA AltoCauca, a doña Sonia se le hace extraño que me haya puesto doble tapabocas, entonces me pregunta:

- ¿Si cree que está ese bicho por acá? Tratando de no hacer ningún gesto, le respondo - sí claro, ¿usted no ha visto la cantidad de gente muerta?

- Pero yo no creo eso, eso debe ser una gripa que se puede curar con vapores y ya.

- Pues yo no sé… - Le puedo hacer una pregunta?

- Claro. Pero espéreme un momentito, voy a vender.

El semáforo se pone en rojo y doña Sonia pasa rápido al lado de los carros ofreciendo bombones. Como si contara cada segundo para el cambio de semáforo, Sonia alcanza a recorrer varios carros, con paso rápido …

- Doña Sonia y usted ¿desde qué hora está por acá?

- Antes del bicho, yo venía a las siete o siete y media, esas horas son muy buenas, porque esos buses son llenos.

- ¿Y ahora?

- Pues llego a las nueve o diez.

- ¿Y siempre está por acá?

- No, yo me voy a Brisas o a Campanario.

- ¿Y a qué hora regresa?

- No mija, espéreme

 Doña Sonia no me responde y sin dejar de observar el semáforo, se levanta del andén, las llantas de los autos empiezan a chillar estrepitosamente al ver la señal en rojo, ella se para ante su público vehicular con una seguridad de quien cumple una rutina, con una voz ligera y sin soltar un pliego de cartulina, recorre cada carro a ofrecer sus dulces.

Ella hace lo mismo en cada semáforo, saca su cartel mostrando la necesidad de salir a pedir, se queda unos segundos allí, seguido recorre cada auto y reparte bombones de corazón. Alcanzo a ver la ventanilla de un carro abriéndose como 2 centímetros y sale una mano sosteniendo un billete de 2000, doña Sonia lo recoge y le da la bendición a la conductora. En ese momento me di cuenta que cuando recibe Sonia el dinero, la señora del carro inmediatamente esconde su mano torpemente y se la baña de alcohol.


***

- Vámonos en ese colectivo.

- Vamos, sí señora. ¿me dejaría pagarle el colectivo?

- No mija. Pague usted, yo nunca pago.

Entonces levanto mi brazo y el colectivo se va deteniendo cada vez más. Doña Sonia se acerca a la ventanilla del conductor, con cierta coquetería en su sonrisa le pregunta:

- Vecino ¿cómo me le va? ¿me deja vender?

Y con solo la mirada de cortejo del conductor, doña Sonia ya sabía que se podía subir al colectivo. Mientras camina cada escalón, saca un masmelo para regalarle al conductor y con una sonrisa de oreja a oreja se dirige a su público con un gran -Buenos días- y se alcanza a escuchar una o dos voces más contestando.

Entonces con un tono más fuerte dice:

- ¡Buenos días! Qué pena interrumpirlos, pero el saludo es educación.

Con esa simple frase, pareciera que ultrajó el ego de cada persona que la ignoró. Así que de inmediato se escucha un coro eclesiástico recitando de forma simultánea -buenos días-.

- Ahora si me dan ganas de hablar- Dice doña Sonia, quitando un poco el ceño fruncido- Buenos días a todos, hoy vengo a ofrecerles unos deliciosos dulces, con los que puedo sostener a mí y a mis hijos. Por ese motivo, vengo a pedirles su ayuda…

Mientras pasa por cada asiento, me doy cuenta que doña Sonia tiene la magnífica habilidad de no caerse en el colectivo. Cuando acaba de recoger el dinero, el colectivo estaba en la Glorieta de Brisas y como si fuéramos compañeras de vida, se sienta al lado mío y me pregunta:

- Yuli, ¿va a seguir conmigo?

- Sí, yo quiero, si usted me deja. ¿usted hasta dónde va?

- Hasta el Centro, pero bajémonos y me acompaña al próximo. Pero no nos acerquemos mucho, porque la gente pensará que vamos a robar.

Nos bajamos en la discoteca Sandunga y esperamos un poco alejadas el próximo colectivo. Mientras me dice en qué bus nos subimos, me habla sobre el clima de Popayán.

- Este clima si es maluco, en La Paz no estaba lloviendo y mire por acá, se ve que va a caer el aguacero.

- Sí señora. Eso es cierto- mientras cojo valentía, le digo- ¿Le puedo hacer una pregunta?

- Claro, dígame

- Usted cómo se siente cuando la gente no le contesta, porque yo a veces hago eso, estoy metida en lo mío y no hago caso si me están hablando.

- Pues mal mija, mire, yo me subo a esos colectivos porque si no me toca prostituirme o hacer otras cosas que no quiero. Y yo sé que pedir es maluco, pero me toca.

- Discúlpeme, no quería hacerla sentir mal.

- Tranquila, mire, hágame el favor de ver si en este colectivo que viene hay gente.

- Debe ser, doña Sonia, ese colectivo siempre se llena. Vamos en ese.

Hago la misma seña para tomar el colectivo, en este caso es la 6 de Translibertad. Doña Sonia me hace subir a mi primero y como lo pensaba el colectivo estaba lleno, me toca estar de pie en todo el trayecto. Mientras recita su discurso, me doy cuenta lo deteriorada que está su piel, tiene manchas en su cara y en la parte que era visible de su espalda. Se demora menos de diez minutos y me hace la seña de que se va a bajar, de inmediato me acerco a ella y le pregunto si nos bajamos en Campanario, para comer algo. Cuando llegamos a Campanario unos chicos se le acercaron y uno de ellos le preguntó:

- Qué más Sonia, cuándo va a volver por acá.

- De pronto mañana. Está dura la vendida.

- ¿Y ella viene con usted?

- Ah sí, ella viene conmigo, está haciendo un trabajo.

- Bueno, entonces después hablamos. Adiós mamacita.

Al ver mi incomodidad, doña Sonia me dice:

-Tranquila, así es él, ve a una muchacha bonita y se le va encima. Pero ese si es tiro fijo, por allá tiene una cantidad de hijos regados.

- Me imagino, y ustedes ¿de dónde se conocen?

- Ese es de mi mismo municipio.

- ¿De cuál municipio usted viene?

- De Bolívar.

Mientras llegamos al restaurante Pío Pío sentí muchas miradas, desde el hombre indigente que dormía afuera del restaurante, hasta la mesera que nos recibió en el lugar, sus ojos perseguían cada paso que dábamos. Elegimos la última mesa que estaba al fondo del restaurante. Al lado de nosotras estaban sentados lo que parecía una familia; mamá, papá y un adolescente con granos, pero cuando se dieron cuenta de nosotras se trasladaron a otra mesa. Creía que a todos les parecía extraño que yo estuviera junto a ella, una mujer que vestía muy sencilla: una blusa verde un poco sucia, un jean desgastado y unos zapatos con rotos; en ese momento me di cuenta de que yo también estaba vestida de verde, sin embargo, se percibían mis privilegios.


***


- Bajémonos aquí.

- Sí señora. Me dice para timbrar

- Aquí, aquí

Estamos precisamente donde quedaba TELECOM, un lugar que desapareció hace muchos años, pero sigue estando en el imaginario de los payaneses. Doña Sonia y yo caminamos hacia el Banco de la República y por primera vez me pregunta:

- Niña, y usted ¿qué estudia?

- Literatura, aquí a la vuelta.

- A mí me hubiera gustado estudiar, pero mi mamá no me dejó.

- ¿Y sus hijas?

- ¿Usted cree que ellas quieren estudiar? Les va mal en el estudio, yo solo les dije que no me fueran a llegar con hijos.

- ¿Y usted qué hubiera estudiado?

- A mí me gustan mucho los animales, me hubiera gustado algo con los animales o con los idiomas, qué bacano sería irse a otro lugar.

- Sí, yo también quiero irme.

En ese momento pude entender a Sonia, esa misma necesidad de conocer, caminar y transitar otras calles, también la tengo yo. Recorremos el parque Caldas a paso lento y doña Sonia recuerda la situación por la que tuvo que viajar a Popayán. Entorno que muchas mujeres cabeza de familia deben pasar para poder sobrevivir.

- ¿Le gustaba vivir en Bolívar?, a mí me han contado sobre las ferias de allá… son buenísimas.

- Claro niña, allá es muy rico vivir, pero a mí me tocó venirme para acá, porque el papá de las niñas me maltrataba mucho y no me apoyaba. Entonces como unos familiares viven acá, yo me vine también para acá.  

Llegamos a la Torre del reloj, allí nos encontramos a varios jóvenes vendedores ambulantes procedentes de Venezuela, con mucha cortesía y confianza doña Sonia los saluda, pero al percibir que yo estaba junto a ella sentí de inmediato la extrañeza de no pertenecer al grupo. Doña Sonia alcanza a notar mi alejamiento, entonces me presenta ante ellos, un poco intimidada les ofrezco mi mano y soy amablemente recibida.

Con actitud alegre y con una sonrisa que marcaba su semblante, Sonia me dice: - niña, yo me voy a quedar acá-. Sin embargo, su mirada también me decía que me fuera, ella había encontrado el lugar donde no estaba sola, no era juzgada, ni rechazada y era yo quien no debía estar allí.

- Bueno doña Sonia, que me le vaya muy bien. Muchas gracias por su tiempo.

- Mija, ¿segura no se quiere quedar? ellos no le hacen nada. Son conocidos míos.

- No señora…

Con un sol evanescente, estrecho mi mano y aprieto la mano de Sonia, miro sus ojos zarcos y dientes marrones, con nostalgia escucho sus palabras: -mija, que me le vaya muy bien-. La lluvia empieza a bañar el parque Caldas y con una sonrisa ligera me alejo de ella.



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