HIJA DE LA CACICA GAITANA
Por: Juan Diego López Fernández
Estudiante de Licenciatura en Etnoeducación y Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana de la Universidad del Cauca / Investigador en el campo de la etnoliteratura y oralitura colombiana / Escritor de poesía.
Son casi las siete y estoy solo afuera del salón. Llegué una hora antes de la clase. Es junio y el clima empieza a cambiar; pronto será el solsticio de verano. No tengo con quién hablar, mi celular no tiene internet y como cosa rara el Wi-Fi de la universidad no está funcionando. Solo me queda mirar las palmeras del patio principal cómo se mecen con el viento y escuchar algunos pájaros cantar en las hojas para recibir a los estudiantes. Me doy cuenta que ya quedan pocas palmeras, creo que han talado unas dos o tres. Pronto irán por las otras. La vida puede ser salvaje.
Pasan los minutos y veo que en la entrada está Wejxa Wex mostrando su carnet para poder ingresar a la facultad. Ahora ya estaré acompañado. Espero que suba las escaleras y mientras la miro caminar por el pasillo, lo que más noto de ella es su pañoleta roja y verde amarrada a su jigra. Se acerca, nos saludamos, le pregunto por su viaje. Me dice que está bien, que la vía está algo complicada, no ha parado de llover hacia Inzá. Me muestra algunas fotos que tomó en su celular. Es verdad, la carretera está horrible.
Nos sentamos en el corredor a esperar a que sean las ocho para nuestra clase. Ella saca de su jigra una mochila que está tejiendo. Intento aprender a tejer, pero no puedo, no tengo habilidad en mis dedos para usar la aguja, así que me rindo antes de que le desbarate la mochila.
Me pongo a observar cómo lo hace y tomo su pañoleta roja y verde, esa que siempre vemos en las movilizaciones, plantones, mingas. Leo lo que está escrito en ella: Consejo Regional Indígena del Cauca, Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía. Termino de leer y en mi cabeza suena esa canción de Kwesx Kiwe, esa que también es el himno de un gran pueblo y se llama «Hijo del Cauca». La que dice Yo que soy hijo del Cauca, llevo sangre de Paéz, de los que siempre han luchado, de la conquista hasta hoy.
Pienso en los tiempos en los que hay paro y se bloquea la panamericana. Recuerdo cómo algunos patojos en una ocasión fueron a las instalaciones del CRIC, en el barrio Bolívar a tirar piedras por el bloqueo. Tal vez esas personas no conocían sus raíces, su historia, su sangre. No puedo evitar preguntarle a Wejxa sobre cómo se siente en Popayán. Ella me dice:
ㅡ Esta es una ciudad acogedora, se encuentra gran diversidad cultural, hay muchos indígenas en diferentes espacios. Me siento orgullosa de ser nasa, siempre cargo mis insignias para demostrar ese orgullo de pertenecer a un territorio.
ㅡ ¿Hay mucha diferencia entre tu territorio y esta ciudad? ㅡle pregunto mientras ella sigue tejiendo.
ㅡ Es un cambio notorio. En mi resguardo hay tranquilidad, seguridad, todo se encuentra fácilmente. Uno no sufre allá. Llegar a la ciudad es diferente; uno siente la respiración contaminada, el estrés, ese cansancio. Pero al final, uno encuentra personas sencillas y amables que brindan la tranquilidad de estar aquí.
La miro, le digo que estoy de acuerdo. He estado antes en San Andrés de Pisimbalá, su territorio y sus palabras tienen mucho sentido. Sigo entretenido en las puntadas que hace, el cambio de color del hilo, los dedos, la aguja, la mochila. Me dice que quiere terminar de tejerla antes del 21 de junio, antes del del Sek Buy. El ritual sagrado y ancestral para recibir el sol y el nuevo año. Ya casi son las ocho, más compañeros han llegado y la clase comenzará.
***
Es medio día. La hora de almorzar. Salimos de la facultad, vamos bajando por la calle tercera hacia el barrio Bolívar para buscar almuerzo. Solo tenemos dos horas para regresar a clases. Mientras íbamos caminando, Wejxa interrumpe nuestra conversación para decirnos que el primer día que llegaba a la universidad, iba justamente caminando por donde estamos y un mototaxista se acerca a ofrecerle el servicio; ella le había dicho que no, porque estaba cerca; inmediatamente el señor le preguntó si le interesaba un trabajo como empleada doméstica.
ㅡEn ese momento me sentí mal ㅡnos diceㅡ. Uno puede notar el concepto de lo que muchas personas tienen de las mujeres indígenas. Realmente no las ven capacitadas para otros espacios, no las ven estudiando o en otros aspectos. Hay siempre como una homogeneización de parte de muchas personas que habitan la ciudad sobre nosotras. Eso es algo que nunca olvido y que me marcó. Me sentí discriminada.
Entre todos nos ponemos a hablar sobre lo que nos acaba de contar Wejxa. Hay gente que está llena de prejuicios y estereotipos. Después de todo seguimos colonizados. Una herida que aún no sana.
Llegamos al restaurante. Pedimos, nos sirven, comemos y hablamos de lo que han sido estos semestres de vida universitaria. Me concentro en las palabras de Wejxa, esa mujer nasa que estudia conmigo, esa mujer cargada de magia ancestral, esa mujer que lleva sangre de la Cacica Gaitana.
ㅡFue significativo llegar a la Universidad del Cauca. Es un orgullo ㅡnos dice mientras se le aguan los ojosㅡ. En mi territorio son pocas las personas que pueden sobresalir, ya sea por el factor económico o porque a veces no hay fe en uno mismo. Llegar a este espacio, superar los obstáculos, ser bien acogida, encontrar solidaridad. Aquí en la facultad no hay ese rechazo al hecho de que uno sea indígena.
Terminamos de almorzar. Regresamos a la facultad. Aún falta para nuestra clase. Veo las paredes blancas, así de blancas como las del centro histórico. Qué acromática facultad ¿Dónde está el color? ¿Dónde está la diversidad? ¿Dónde están nuestros héroes y mártires? Veo a Wejxa, no veo su resistencia y resiliencia milenaria en estas paredes. Pienso en voz alta y digo: Debería haber un mural de Manuel Quintín Lame.
Popayán, 2018.
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