CASETA DE MEMORIAS

Por: Edna Jinelly Orozco 


Licenciada en Literatura y Lengua Castellana de la Universidad del Cauca / Tallerista Escritura Urbana / Autora del blog @prosacosmica 


Dejando atrás la figura del Sabio Caldas y los árboles que le acompañan, mundo natural al que Caldas se dedicó en vida y que en su honor el Parque Principal de Popayán lleva su nombre, me dirijo al frente de la Gobernación, donde se encuentra una pequeña caseta diseñada al modo colonial, representación en miniatura de las casas de la Ciudad Blanca donde vivió la burguesía criolla del siglo XVIII.

Estas casetas rodean el Centro Histórico de Popayán, empezando desde la iglesia de San Agustín hasta la Gobernación, de Sur a Norte, y de Oriente a Occidente desde la iglesia de Santo Domingo hasta la iglesia de San Francisco, formando un cuadrado.

Fueron creadas en la década de los 90 del siglo pasado, su diseño en un principio fue para exhibir revistas, periódicos y libros que informaban y entretenían con noticias y pasatiempos a la sociedad de antaño, pero esta bonanza se fue perdiendo por la digitalización y algunas de ellas ahora son utilizadas para otras ventas, como este puesto de frutas, célebre por sus deliciosos chontaduros y sus granadillas en Semana Santa, que llaman la atención del payanés y del foráneo, y donde también se puede encontrar exquisitos salpicones y ensaladas de frutas, productos traídos de las zonas rurales del Cauca.

Me acerco a la caseta y escucho cantar una vieja canción: “cabecean combativas por el viento las acacias” la voz de la dueña entona melodías de su época que le recuerdan el lamentable suceso en el que su hermano, profesor del colegio La Leona en Piamonte, desaparece a manos de la guerrilla treinta años atrás. Nacidos en Santa Rosa, la bota caucana, que ella abandona a la edad de 12 años para establecerse más tarde en un puesto de venta ambulante en una ciudad donde los vientos dejaron de mecerla, ofreciéndole un lugar estable.

El conflicto armado en Colombia ha causado el desarraigo de miles de familias de sus tierras, muchas de ellas se instalan en los municipios aledaños, trabajando todas sus vidas para conseguir nuevamente lo que les fue robado, en estas tierras abandonadas habitan recuerdos arrancados de la infancia.

Me acerco a la señora y le compro un vasito de chontaduro, dirigiéndose a mí, me dice que los chontaduros de Santa Rosa son los más ricos del Cauca, que su tierra fértil y su clima variado le dan exquisitez, pero se tarda casi un día en llegar a Santa Rosa y otro día en caminar hacia su destino, así que decide traer el chontaduro de Cuatro Esquinas de El Tambo, por ser el único que compite con el de su tierra, de mejor sabor que el del Putumayo y Caquetá.

Mientras ella conversa conmigo, un cielo gris empieza a oscurecer el día soleado y de pronto, la lluvia. Típico de Popayán. Me invita a entrar a la caseta, donde sólo alcanzo a ver frascos de miel, servilletas y vasos desechables. Debido a la estrechez del sitio nos instalamos muy cerca la una de la otra; el fuerte ruido del aguacero calla nuestras voces y la invitan a descansar en un banquito donde enrolla sus brazos y duerme, miro el reloj, es medio día, la hora en la que creo es su siesta, me apena despertarla, así que también cruzo mis brazos y me dispongo a esperar.

El frío se filtra por las ventanas, observo aquel lugar tan angosto que huele a fruta y la miro a ella, imagino los 52 años que han trascurrido desde que vendió la primera fruta en Popayán, el 17 de diciembre del 2022 se conmemorará otro año más. Y 17 años lleva en este lugar en el que me encuentro, teniendo antes que pedir firmas a sus clientes para ser beneficiaria de esta caseta.

Ya pasada la tempestad, nuevamente el sol invade la caseta fría y ella lo recibe abriendo de par en par su puesto, al verme sentada y que no me he ido, me empieza a contar de su vida, ya sé que es abuela de una familia crecida, que ha permanecido en una tierra que al principio le era extraña y desconocida, pero que se fue habituando hasta reconocerla como un lugar en donde crecieron sus hijos y en el que construyó un hogar en el barrio El Obando, sin pensar más en volver al lugar de los albores de su vida.

Vuelvo, al cabo de un tiempo, ella ha prometido vender Champús en Semana Santa, así que pregunto por él, pero me dice que las hojas de cedrón no le llegaron, pero que, en cambio, está vendiendo granadilla, y veo que afuera de la caseta hay una mesita llena de ellas, expresa que sólo hay cosecha en Semana Santa, que las trae de Timbío, en eso, un cliente se acerca, nos saluda y le compra cuatro docenas de granadilla, cuenta que todos los años viene desde Cali a ver las procesiones y comprar las famosas granadillas de doña Mary, que ha intentado sembrar en el Valle, pero no le ha dado frutos, que sólo en el Cauca se dan y se aleja comiéndose una, y repentinamente se me viene a la memoria una historia que decido contársela.

Le comento que sólo hasta hace tres años probé la granadilla por primera vez, y al decirlo llamo su atención, y me pregunta con sorpresa la causa, yo le cuento que mi mamá no me dejaba comer ninguna fruta que tuviera muchas “pepitas”, y que una vez estando en la casa de mi tía, mi mamá no se encontraba, me ofrecieron una granadilla, yo no sabía cómo comerla, así que empecé a quitarle cada pepita, en esas mi tía me ve y se ríe, diciéndome: “Esa forma tan extraña de comer” y me explica que debo masticar las pepitas, yo me las trago con culpa y miedo creyendo que las semillas me harán algún mal; ella se echa una carcajada y me regala una, y me dice “tómela y no le haga caso a su mamá”.

Al otro día, decido ir por otra granadilla, la torre del reloj da las 2 de la tarde, escucho el timbre de un carrito de bonice, veo gente encopetada entrando a la Alcaldía, se me acerca un chico de mi edad para venderme una manilla, una señora pasa a nuestro lado ofreciéndonos minutos mientras las palomas vuelan encima de nosotros, observo a doña Mary de lejos, se ve sonriente hablando con unos clientes y mis ojos solo ven carteles de penitentes, sahumaduras y cofrades, entonces, le pregunto si ella va a las procesiones, me dice que iba cuando estaba ennoviada con alguien que tocaba el tambor, se ríe y dice que lo único que le dejó ese noviazgo fue un hijo de 48 años, y que ya no va a las procesiones, que prefiere vender fruta, pero reza todos los días.

Ya las calles blancas de Popayán se llenan de velas y túnicas blancas, hoy ella se quedó hasta tarde, las granadillas ya casi todas están vendidas, el murmullo de los tambores llega hasta nosotras, y a ella le recuerdan sus años de amoríos y a mí los años con mi familia viendo El Amo pasar, pero ya es hora de despedirnos.

-Adiós, doña Mary.

-Chao, que vuelva.

-Sí señora, muchas gracias.

-A usted, señorita.

Recorro el camino por los farolitos encendidos, me alejo del centro apresurada para no encontrarme con la caravana y tener que esperar a que la gente pase, ya lejos no escucho los tambores me acerco un poco más a la periferia, empiezo a caminar lento mientras la oscuridad me envuelve entre los fantasmas de esta noche que transitan cabizbajos arrepentidos delante de Cristo y los recuerdos revividos el día de hoy.



Comentarios

  1. Interesante relato, a modo de una crónica de lo cotidiano. Una muestra de como la ciudad de Popayán integro en su economía a la población desplazada del sur occidente colombiano en los inicios del presente siglo. Dejando ver como las "tradiciones" son solo la continuidad de una experiencia que se repite en el tiempo. En la ciudad blanca la experiencia no es otra, que la experiencia de la supervivencia.

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